jueves, 20 de noviembre de 2014

Salir de la FIFA sería bueno para la salud de los peruanos



Salir de la FIFA sería bueno para la salud de los peruanos
Encontré esta encuesta navegando. Voté y pude acceder a los resultados. Al 86% de los que votaron no les significa un problema que el Perú se desafilie de la FIFA. 


¿Sería bueno ser desafiliados de la FIFA?
Respuestas
%
votación
Sí para comenzar luego de nuevo
49.6%
426 votos
No porque se suspendería todo lo internacional
13.5%
116 votos
Mejor apoyemos otros deportes en los que si somos mejores
21.9%
188 votos
No me interesa el fútbol
15%
129 votos

NO LES DA MIEDO SALIR DE LA FIFA
86.5%


Pero en realidad, no depende de los peruanos. Es un asunto privado que está en manos de los dueños de los clubes o empresas propietarias de equipos deportivos. Algunas universidades son propietarias de equipos, incluso una empresa de gas lo es. En suma, la idea del club social deportivo que se formó en el barrio y que nació con sus adherentes, su hinchada y demás, hace mucho que dejó de existir. Y aunque nombres como Lombardi o Carvallo den cuenta de un valioso filo educativo y cultural que puede desarrollarse en estas instituciones, son iniciativas honrosas pero excepcionales, ante una simple y contundente realidad: el futbol profesional es un negocio y su finalidad es el lucro.
La selección “peruana” no es en estricto una representación orgánica de los peruanos, pero el éxito del negocio depende del consumo que las peruanas y peruanos hagamos del espectáculo deportivo. Otros deportes, no dejan de significar actividad económica, pero su práctica está más afincada en el cultivo de la disciplina. Es el caso de las artes llamadas marciales, donde incluso su práctica peligra porque maestros y promotores tienen que dedicarse, como todo mortal, a ganarse el pan en otros menesteres y no pueden dedicarle el tiempo necesario a la enseñanza. O el atletismo, donde con suerte, nuestros fondistas pueden obtener el apoyo de auspiciadores intercambiando publicidad. La lista es larga.
¿Por qué un ciudadano tendría que entregar su corazón a un negocio ajeno? ¿Qué perdemos los peruanos si no estamos en esos meganegocios que son los mundiales? ¿No podríamos crear íconos propios, donde nuestra opinión si importe? donde podamos inchar por nuestros “patas”,  nuestros “muchachos”  y que no tengan que estar dependiendo de fichajes. ¿No es posible otra forma de institucionalización de la práctica deportiva que no dependa de los Burga y demás “dirigentes” deportivos? esos que sabemos no están pensando en el deporte para todos los peruanos y solo seducen a nuestros jóvenes con la promesa de ser las próximas estrellas, a las cuales vender y comprar.
Como decía el poeta Vallejo: querer menos al campeón y promover más una ciudadanía en estado deportivo, a lo que agrego, en estado artístico, en estado creativo.


domingo, 16 de febrero de 2014

Que sea COSTA y sea VERDE





R

ecuerdo nítidamente los sesentas en las playas de Barranco. No eran una mera porción de arena tendida al abrazo del océano. La aventura empezaba en los acantilados surcados por múltiples caminos creados por la costumbre, donde se ponía en juego la audacia y tenías que vencer el temor a las alturas. Y ciertamente podíamos caer al bajar por esos senderos colgados de barrancos prácticamente verticales. La prueba de valor era bajar corriendo dando grandes zancadas o controlando la velocidad con pasos cortos y muy rápidos.

Haciendo nubes de tierra alcanzábamos el pie del barranco donde estaban las pocitas, que eran estrechos espejos de agua formados por las filtraciones que caían del acantilado, allí acostumbrábamos ducharnos e incluso nadar antes y después del salado baño de mar. Para llegar a  la playa misma sorteábamos las pocitas y una pista estrecha por donde pasaban escasos autos. Dependiendo del lugar de la bajada teníamos ante nosotros la caliente arena o una extensa poza de agua dulce no muy honda donde los más chiquitos se bañaban. Caminando por la orilla de la playa trepábamos entre las piedras de los varios rompeolas que existían. Eran nuestro escenario de exploración donde encontrábamos arañas, pepinos, erizos y estrellas de mar. Compartíamos este escenario con parejas de enamorados y pelícanos descansando.

Al caer la tarde, volvíamos a las pocitas para enjuagarnos y subir pesadamente el barranco. En aquel entonces… el barrando estaba cubierto de enredaderas, algunas de ramas muy gruesas. A la altura de la bajada de Sáenz Peña, había una subida “secreta” por debajo de las enredaderas, teníamos que trepar haciendo algo parecido a lo que hoy se llama palestra. Llegados al malecón, un horizonte pleno de sol nos despedía.

M

i primer desasosiego respecto a nuestras playas fue cuando (no sabía entonces a quién se le ocurrió) construyeron la pista de lo que llamaron el “circuito de playas” desapareciendo completamente las pocitas. Mis excursiones cambiaron a explorar ese borde final del acantilado donde estaban las pocitas, ya secas, para recoger una suerte de fósiles de las plantas. Pensaba que miles de años de existencia de un biotipo, tan antiguo que incluso había plantas fosilizadas, se habían perdido para siempre.

Luego, los rompeolas en cuyas piedras mi adolescencia bebió el sol de la melancolía, fueron acortándose hasta casi desaparecer. Una tarde, no me dejaron pasar al primer rompeolas porque un restaurant había colocado vigilancia.

Hoy, la televisión presenta como grave problema la caída de piedras del acantilado. ¿Qué esperaban? Si se dañó el equilibrio que existía, si las filtraciones de los campos de cultivo de Surco y La Campiña no existen más. Si se decidió convertir la costa de nuestra bahía en otra vía expresa para los autos. Si con el cuento de promover el boom inmobiliario se permitió construir altos edificios en los malecones y en el propio borde de los acantilados, sin importar el carácter público de estas áreas. Resulta común que en los medios de comunicación se llame la atención de forma alarmista a determinados problemas de la ciudad sin proponer una reflexión que indague sobre la historia de los problemas.  Y se busca soluciones técnicas a problemas que en primer lugar son políticos. La discusión la centran en cuán más fuertes deben ser las mallas o si se usa cobertura vegetal. El problema, a mi modo de ver, es la decisión sobre el tipo de uso al que se ha orientado nuestro litoral.

T

omemos una decisión. Que nuestra costa sea, hábitat de peces, crustáceos, aves, plantas y lugar de recreación natural de limeños y limeñas. Si queremos discotecas, restaurantes, estacionamientos para nuestros autos y vía rápida, que la ciudad resuelva estas demandas en su espacio urbano, pero démosle a la ciudad malecones abiertos donde podamos ejercer el derecho de mirar el océano con nuestras familias, pareja o con libros de poesía. A poder bajar a pie por los acantilados, a llegar a la playa sin temor a los autos, a recorrer los rompeolas hasta su última piedra, a bañarnos en aguas limpias de los residuos de los restaurantes.  Y usemos la técnica, a la que tanto culto se le rinde, para restaurar las filtraciones y la existencia de las pocitas. No creo esto imposible. Hoy mismo, recorriendo la playa, puede uno encontrar las huellas de filtraciones de agua que escurren bajo la autopista.  Que sea costa y sea verde. 
No quería decir esto, porque deviene en cereza de esta torta que algunos encontrarán infantil. Pero he soñado, es decir, con los ojos entre cerrados, junto a la fuente del Parque Municipal de Barranco, que un tranvía nos llevaba desde Agua Dulce hasta Barranquito.